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| Tengo una visión simple de la vida: mantener los ojos abiertos y continuar.
Laurence Olivier
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En mi mente, malograda, quería mantener la calma. Me apoyé en el respaldo del sillón y respiré con contundencia, empapándome del oxígeno que me faltaba, y relaja.. relaja... relaja... suena a chiste, pero encendimos la tele con la serie favorita: "The big ben theory" , de la cual solo podía percibir las risas y carcajadas. Mi vista comenzaba a cambiar y no sabía hasta qué punto eso era mejor.
El halo nauseoso continuaba con fuerza y la imagen comenzaba a doblarse produciendo un mareo extremo. Miré hacia mi novio. No sabía realmente si estaba aquí o allá, y le pregunté: ¿Cómo tengo los ojos?. La respuesta fue rápida: Madre mía, mira aquí, y ahora allí, y ahora arriba y luego abajo... y.. el ojo derecho.. ¡no se te mueve!. A las 8 horas de haber percibido el primer síntoma (visión borrosa), apareció la infraversión y parálisis en ojo derecho.
La actuación fue casi inmediata. La diplopia ya indicaba directamente algo neurológico, así que nos dirigimos rápidamente al hospital. Allí fui sometida a las primeras pruebas en donde barajan dos posibilidades nada gratas: ¿Quizás es un ictus? ¿quizás un tumor cerebral?. La espera de noticias se hace larga y en ese momento realmente no sé describir cómo llegas a sentirte, pero mientras ellos barajan posibilidades , tú barajas de qué manera vas a seguir de ahora en adelante. La preocupación es intensa y la incertidumbre más. Llegas a pensar en todo y en nada a la vez y, aunque solo tienes ganas de llorar, ni eso puedes. Siempre te queda pensar... ojalá y se estén equivocando.
Te preparas a recibir noticias en diferentes grados pero no sabes hasta qué punto estás preparada y te acuerdas de todo el mundo, de tu familia, tus amigos, tus compañeros... y de cómo podrían encajar ellos también una noticia así.
Intenté mantener la calma dentro de mí, aunque es obvio que en ese momento la calma no es calma. El resultado del TAC cerebral era quizás en ese momento el más importante y recordar ahora mismo cómo esa doctora se dirigía a mí (yo la percibía en cámara lenta) con el resultado de la prueba, vuelve a darme escalofríos. Se sentó a mi lado, y fue rápida: Tengo una noticia buena y otra mala. La buena es que el TAC está limpio, no hay tumor... , por Dios, ahí en ese justo momento ya no me importaba cuál era la mala, ¡nunca podría ser tan mala!... La mala es que debes quedarte ingresada porque creemos que puede ser un ictus isquémico y hay que realizarte más pruebas.
Sinceramente... en ese momento yo sólo me quedé con la noticia buena. Y fue entonces cuando toda esa presión que tenía por dentro estalló y mi cara apareció inundada en lágrimas y me rellené por dentro de fuerza. Abracé a esa doctora como quien abraza a una madre por última vez y me dispuse a dejarme hacer lo que quisieran conmigo y llegar a un final certero.
Me ingresaron a las 5 de la mañana en la planta de neurología. Conmigo estaba mi chico, cansado y excesivamente preocupado. Me colocaron un parche en el ojo y, aunque dormí poco, dormí bien. Había sido un día muy intenso.
Me desperté temprano, era sábado, y tras abrir los ojos se abrió la puerta. Mis padres estaban allí. Tenía tantas ganas de verlos y de sentirlos que se me hace realmente difícil describir ese momento. Dentro de mí se marcaba un hilo de culpabilidad por haberles hecho partícipes de una situación así. Si hoy, que escribo esto, aún me cuesta aceptar ver la preocupación en sus caras..., aquel día este sentimiento era gigante, me comía por dentro. Pero quizás el hecho de ver con tus propios ojos cómo pueden entregarte hasta el último aliento, creedme, todo eso, solo se puede traducir en más ganas y más fuerza para comerte el mundo y seguir adelante sin importar cuál sea el problema.
Los días del sábado hasta el martes fueron de espera. El martes tenía la resonancia cerebral y esa prueba sería la más contundente. Mientras tanto fui recogiendo más síntomas. Paresia de hemicara derecha con comisura labial ladeada, torpeza motora en pierna izquierda... todo se iba sumando poquito a poco, y los dolores eran cada vez un poquito más fuertes.
Llegó el día de la resonancia y con ella llegó la otra posibilidad. Analíticas varias y una punción lumbar (extremadamente agresiva y dolorosa- con 7 intentos nada menos). Me diagnostican de SDA (síndrome desmielinizante agudo), me ponen tratamiento intravenoso con metilprednisolona al que respondo enérgicamente y al finalizar la semana, te devuelven a la calle con toda una nueva vida por delante completa de dudas.
No te queda más que pensar... ¡qué ocurrirá a partir de ahora!. Al menos... de entre todas las opciones, te quedaste con la mejor.
"La vida no es un problema que tiene que ser resuelto, sino una realidad que debe ser experimentada." ( Soren Kierkegaard )




No entiendo ese sentido de culpabilidad por hacer partícipes de tu problema a tus padres, en lo demás comparto contigo la incertidumbre respecto al diagnóstico.Hay que saber estar en cada uno de los lados (paciente-enfermera) y creo que lo estas consiguiendo. Espero para mañana el próximo relato. Besitos.
ResponderEliminarHay cosas inexplicables en esta vida y dentro de esas cosas inexplicables muchas se guardan bien adentro. Sé que no hay culpables en esto, pero duele, a veces quisieras tener una varita tipo Harry Potter y cambiar las cosas pero tambien hay cosas imposibles :******
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